viernes, 7 de junio de 2013

EL LLANTO (Página nº 1934)

Hoy en el colegio, a la hora del recreo, nos ha sorprendido escuchar el llanto conjunto de varios alumnos junto a la sala de profesores. Al salir, intentando averiguar el motivo, nos hemos encontrado con un grupo de alumnos que lloraban desconsoladamente sin atinar a expresar que les sucedía hasta que por fin hemos podido acertar a saber que habían estado elaborando las redacciones que suelen hacer para la fiesta de graduación, donde repasan sus vivencias durante su paso por el colegio, y cuando habían empezado a leerlas a los compañeros se habían puesto a llorar, contagiándose los unos de los otros, hasta ofrecer esa imagen poco habitual de desconsuelo porque les daba mucha pena irse ya.

No dudo que otras promociones hayan sido iguales de sentimentales y emotivos pero lo cierto es que nunca me había encontrado, y creo que mis compañeros tampoco, por lo hablado después, con una situación similar.

Después, cuando subí a la clase por otro asunto les pregunté si ya estaban más tranquilos, a lo que uno de ellos me contestó:

- ¡Sí, pero mira como hemos dejado la papelera!, señalándome aquella llena de pañuelos de papel "arreguñados" y húmedos.

Lo simpático es que otra compañera de la otra clase de Sexto comentaba:

- ¡Pues ya verás, que en nuestra clase todavía no los hemos empezado a leer!

Es natural que los chavales de once y doce años sientan apego al colegio. No es que no quieran marcharse, crecer, acceder a nuevas experiencias, es que tienen demasiados recuerdos ligados al tiempo pasado entre nosotros, muchos los vínculos y las afinidades y contraen un cierto sentimiento de pérdida que no lo es.

He estado por decirles que yo ya me había ido de allí hace casi cuarenta años y ya ven, he vuelto a mi colegio de siempre porque uno, en el fondo, nunca se va de él porque tiene muchas vivencias que le devuelven a aquella época tan importante en nuestras vidas, para lo bueno e incluso para lo malo.

Es cierto, en unas semanas se van, se desvinculan físicamente. Algunos volverán para hacer prácticas, para trabajar quizás, como padres y madres otros, incluso para celebrar sus aniversarios y revisitar las aulas que les acogieron. Pero todos dejan su huella, quizá más entre los que les hemos dado clase, y mientras se embarcan en un nuevo trayecto vital es bueno que puedan echarnos de menos, que se emocionen al terminar su escolaridad y hasta que suelten alguna lágrima. Los maestros tenemos, puede, más costra, pero también nos emocionamos con su partida porque con ellos se van nuestros años pero también todo lo que les dimos y lo que nos dieron.

Hoy ha sido día de llanto. Mañana, seguro, de risas al recordarlo. Son buena gente buscando su lugar en la vida y no podemos hacer mucho más que desearles mucha fortuna y felicidad en lo que van a emprender.

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